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miércoles, 8 de enero de 2014

¿Qué delatan nuestras emociones?

El cerebro necesita el corazón para pensar, para activar el organismo y relacionarnos
Solo hay que preocuparse cuando la tristeza, la rabia o la culpa se instalan permanentemente
Jenny Moix Queraltó

Todos hemos oído alguna vez comentarios del tipo: “Soy una persona lógica, sé dejar las emociones a un lado y analizar las situaciones objetivamente”. A Joseph LeDoux, uno de los más prestigiosos neurocientíficos actuales, le parecería muy gracioso. Esta afirmación lleva implícito el considerar la razón y la emoción como dos entidades totalmente separadas que se pueden activar o desactivar a voluntad. Algo muy lejos de la realidad. Ambas están más separadas en nuestra mente teórica que en nuestro tangible cerebro. La interacción entre la parte encargada de las emociones (amígdala) y la zona responsable del pensamiento racional (córtex) es constante, y las vías que los unen, complejísimas. Además existen más vías de la amígdala hacia el córtex que a la inversa, así que las emociones lo tienen muy fácil para influir en nuestros pensamientos. La razón lo tiene más complicado para manejar al “corazón”. A Antonio Damasio, otro gran neurocientífico, también le produciría hilaridad. Él ha demostrado que si se seccionan las vías que van de la amígdala (emociones) al córtex (razón), aunque la persona mantenga la inteligencia lógica intacta, sus decisiones suelen ser erróneas. Nuestro cerebro necesita al corazón para pensar.

Estos sentimientos no solo son imprescindibles para tomar decisiones, planificar, reflexionar, sino que cumplen una función clave para activar al organismo y para relacionarnos con los demás. Han ido surgiendo a lo largo de la evolución con ciertas finalidades. Son una parte esencial de nuestro software. Ser humano significa sentirlas. Obviedad que a veces olvidamos. Al ver a alguien triste, rabioso, ansioso, casi como un acto reflejo vamos a calmarlo, como si quisiéramos desactivar esa emoción. Sin embargo, la alarma solo se nos debería disparar cuando alguno de esos sentimientos se instala permanentemente dentro. Entonces sí que debemos dedicarnos a descubrir qué nos está pasando.

El día que yo nací, mi madre parió dos gemelos: yo y mi miedo” Thomas Hobbes

Estamos en un Boeing 747, las sacudidas del avión nos convierten en monigotes golpeados. El piloto anuncia un aterrizaje forzoso. Todos estamos aterrados. En este caso, nuestro miedo dice poco de nosotros, es algo casi instintivo y nada singular.
Nos encontramos en una reunión cuatro empleados con el jefe; este realiza un comentario sobre el equipo. Uno siente rabia, el otro se siente culpable, el tercero experimenta vergüenza y el cuarto entristece de repente.
Aquí sí que nuestra emoción nos puede dar muchas pistas sobre nosotros. Entre la situación y lo que ha provocado en nosotros ha pasado algo; a veces puede ser algo consciente, un pensamiento que ha cruzado nuestro cerebro. Otras veces, las rutas son más inconscientes, el jefe pronuncia la frase y, como si hubiera apretado un resorte, sentimos algo. Ese resorte es alguna creencia inconsciente que está allí sin que nos demos cuenta de ella. Leer nuestras emociones nos ayuda a descubrir esas creencias.

Vamos a centrarnos en algunas de las más estudiadas: enfado, miedo, culpa, vergüenza y tristeza. Cada una de ellas se activa apretando un botón diferente. En nuestro cerebro se encuentran esos cinco botones. La sensibilidad de cada uno de ellos varía entre las personas. ¿Qué interruptor tenemos más sensible?

Ver y sentir
PELÍCULAS
Todas las películas están impregnadas de emociones.
Aquí algunas de ellas:
‘Shame’ Steve McQueen
‘Rabia’ Sebastián Cordero
‘Quédate a mi lado’ Chris Columbus
‘Caballos salvajes’ Marcelo Piñeyro

Enfado. Esta emoción se pone en marcha ante la ofensa entendida como un agravio o ataque hacia nuestra persona o nuestros allegados. En la época de nuestros ancestros, los que se enfadaban tenían más probabilidad de sobrevivir que los que no. Somos hijos de los que se enfadaron, por eso conservamos esa sensación. En nuestros días, esa agresividad ha perdido, en muchas situaciones, el sentido. Gritar o pegar no suelen ser buenas estrategias para afrontar lo que vivimos como una ofensa. Las personas que se enfadan constantemente son las que lo interpretan todo como un ataque. Tienen la tecla de la ofensa muy sensible y cualquier situación puede activar esa rabia. En el caso de que sea el enfado lo que más nos caracteriza, deberíamos preguntarnos por qué lo interpretamos todo como un ataque. ¿Quizá nos sentimos inseguros de nuestro comportamiento? ¿Quizá nos valoramos poco? ¿Quizá partimos de que a la mayoría de las personas les gusta atacar?…

Miedo. La percepción de peligro es lo que lo activa. En los días de nuestros abuelos cavernícolas, el miedo se ponía en marcha ante un animal peligroso, por ejemplo. Esa secreción de adrenalina desencadenaba una serie de cambios fisiológicos para preparar el cuerpo para atacar o huir. El corazón latía más rápido para que la sangre llegara con mayor celeridad a la musculatura, la sudoración aumentaba para refrigerar, las pupilas se dilataban para captar mejor la fiera que teníamos delante… Está claro que venimos de los miedosos. Los valientes, los que no experimentaron estas reacciones, murieron comidos por el depredador. Hoy día, en muchas circunstancias, estas reacciones pierden el sentido. ¿Para qué sirve sudar cuando contestamos un examen? Ese miedo ancestral que llevamos en nuestras células explica por qué algunas veces parece que nos va la vida ante trajines cotidianos. ¡Los problemas con el jefe, la pareja, los hijos… los vivimos como si fueran un león a punto de comernos! Cuando alguien experimenta miedo, con frecuencia es porque lo vive todo como amenazante. Si es ese nuestro caso, deberíamos identificar el porqué. A veces se debe a que creemos que no tenemos suficientes recursos o habilidades para afrontar la situación; otras, a que cargamos todo con una elevada importancia, puede que veamos el mundo como un lugar extremadamente hostil…

No todas son iguales
El análisis de estas páginas es útil en el caso de que tengamos alguna emoción encapsulada. Respecto al resto, a las emociones que vienen y van y que nos convierten en hermosamente humanos, lo mejor es tratarlas como huéspedes tal y como nos sugiere Rumi:
“Ser un humano es como estar en una casa de huéspedes. / Cada mañana una nueva llegada. / Una alegría, una depresión, una maldad, / algunas percepciones momentáneas, que aparecen como visitantes inesperados. / Dales la bienvenida y atiéndelos a todos ellos. / ¡Incluso si llega un grupo de lamentos / que barren violentamente tu casa y la vacían de muebles! / Aun así, haz los debidos honores a cada invitado. / Quizás te esté enseñando algo para tu regocijo. / El pensamiento oscuro, la vergüenza, la malicia, / sal a buscarlos a la puerta riendo, e invítalos a entrar. / Estate agradecido a quien quiera que venga, / porque cada uno ha sido enviado como un guía del más allá” (La casa de huéspedes).

Culpa. La culpa aparece cuando hemos trasgredido alguna norma, si no hemos actuado como creemos que hubiéramos tenido que hacerlo. ¿Por qué apareció la culpa cuando todavía vivíamos en las cuevas? Pues porque sin ella no hubiéramos podido funcionar bien como tribu. Las “normas” optimizan el rendimiento grupal. Por tanto, un sentimiento negativo al transgredirlas impedía o disminuía la probabilidad de que ese comportamiento (que no favorecía al grupo) se volviera a repetir. Ese sentimiento hoy lo conservamos aumentado. La presión social. La imposición de nuestra tribu es enorme. Si al mirarnos vemos que es la culpa el sentimiento que más nos acompaña, es sin duda porque damos una extrema importancia a todas las normas sociales. Tanta que dejan de ser sociales y pasan a ser personales. Autoexigencias. La sociedad empieza por domesticarnos, pero acabamos autodomesticándonos. Detectar que lo que vivimos como normas impuestas son en el fondo autoexigencias es uno de los pasos más gigantescos que podemos dar para superar la culpa.

Vergüenza. La vergüenza la sentimos cuando creemos que hemos fracasado, que no hemos actuado de la forma ideal. La persona que siente vergüenza es la que carga con una gran mochila de ideales. Ideales sobre cuál debe ser el peso, la forma de vestir, el coche, el comportamiento en actos sociales… Si somos de los que experimentamos esta emoción frecuentemente, convendría analizar esos paradigmas y bajarlos de allá arriba. El mejor antídoto es la aceptación de la realidad tal cual es. Los ideales, si son demasiado altos, lo único que provocan es frustración y vergüenza.

Tristeza. La tristeza se presenta al valorar lo que nos pasa como una pérdida. Cuando estamos tristes, nuestras energías disminuyen, paramos, vamos más lentos, nos cobijamos, no queremos relacionarnos, nos retraemos. El hecho de parar y no actuar sin más ayuda a la reflexión, a entender, a procesar lo que nos ha pasado. La tristeza, como el resto de las emociones, fue útil y lo sigue siendo, pero, como siempre, no en todas las circunstancias y no cuando se vuelve sentimiento permanente. Si la pena es nuestra compañera constante, debemos preguntarnos por qué valoramos lo que nos sucede como una pérdida. ¿Es una pérdida o simplemente un cambio natural en el río de la vida?

viernes, 20 de diciembre de 2013

¿Es posible enfermar por las vivencias emocionales?

Dr. Juan Moisés de la Serna

Resumen: El mundo emocional juega un papel destacado en cómo sentimos y padecemos, pero las emociones negativas nos va a hacernos enfermar cuando estas se anquilosa.

Los sentimientos internos, de activación, como euforia o rabia, van a sobreexcitar al organismo modificando su nivel basal de reposo, haciendo que pensemos y nos comportemos de forma distinta a cómo lo solemos hacer; igualmente sentimientos de desactivación como el duelo o la tristeza, van a reducir la actividad del organismo, modificando igualmente nuestros pensamientos y conducta.
Modificaciones por activa o pasiva, que pueden acarrear cambios en los niveles de ansiedad, la respiración, el dolor y el tono muscular, lo que a su vez va a tener efectos sobre el ciclo de sueño o el sistema inmunitario, por lo que si se trata de algo transitorio no va a tener mayores consecuencias, pero si éstas emociones se mantienen pueden acarrear problemas psicosomáticos producidos y motivados por el sistema límbico.,
Así una situación de dolor psicológico (duelo) o depresión, puede desencadenar estados ansiosos puntuales, pero normalmente se caracterizará por un estado decaído, respiración superficial y enlentecida, próxima al de la melancolía, con hipersensibilidad a los estímulos externos, como la luz, los sonidos y también al dolor, sintiéndolos estos como más intensos, estando más sensibles a cualquier “agresión” externa, también se va a perder el interés por cualquier actividad física, mostrando un tono muscular decaído y flácido.
El sueño se va a ver entorpecido por pensamientos de culpa e inutilidad que acompañan a estos estados, con recuerdos sobre las circunstancias que han motivado ese duelo o depresión, con “rumiación mental” donde se repiten una y otra vez los mismos pensamientos negativos, todo lo cual va a impedir que se duerma bien, perjudicando en cantidad y en calidad el sueño, lo que entre otros va a reducir el funcionamiento del sistema inmune que no va a poder realizar sus funciones durante la noche. Situación que si se mantiene demasiado tiempo va a afectar a todos los órdenes del organismo, empezando por el sistema inmunitario.
Una emoción de euforia o ira, va a expresarse con altos niveles de estrés, lo que va a proporcionar una “falsa” claridad de pensamiento, sintiendo que “ahora lo entiende todo”, y que puede tomar cualquier decisión sin errar. En estos estados se produce una hiperventilación, aumentando los niveles de oxígeno en sangre, con una respiración acelerada y superficial, donde se da un “estrechamiento” atencional, perdiendo mucha información que en un estado de ánimo normal le puede resultar interesante, descartando todo aquello que no sea “su objetivo”, con reducción de la sensibilidad al dolor, tanto físico como psicológico, con una sobreactivación de la tonalidad muscular, lo que le permite no “estarse quieto” y tener que deambular de un lugar a otro.
Al tener altos niveles de estrés, el sueño se va a ver perjudicado tanto en cantidad como en calidad, debido a esa sobreactivación, lo que va a reducir la posibilidad de “trabajo” por parte del sistema inmune y con ello recuperarse de las heridas y facilitar el aprendizaje.
Si se mantiene ésta situación, va a facilitar las infecciones al tener debilitado el sistema inmune, así como generar un agotamiento progresivo de los recursos del organismo, dado los altos niveles de ansiedad y por tanto de colesterol en sangre.
La atrofia del sistema límbico, va a “descolorear” la vida de la persona, no sólo en el aspecto emocional, sino en todos los ámbitos. Lo que hay que distinguir de las personas con altos niveles de Alexitimia, que van a tener dificultades en relacionarse, en tomar decisiones, en conocer qué siente su propio cuerpo y los demás, lo que le va a convertir en un “incompetente” social, ya que el resto de las personas de su alrededor van a manejarse por claves emocionales, que él va a ser incapaz de “ver” ni de procesar, mostrándose frío y distante.
Éste tipo de personas van a tener un correcto funcionamiento del sistema límbico, lo que sucede es que no han aprendido a “ponerlo en valor” o simplemente se ha “desecho” de su mundo emocional por considerarlo una “debilidad” o algo inútil.
La toma de decisiones de éstas personas, sería lo más parecido a las decisiones lógicas, frías y calculadas, las que a todos nos convendrían y que escasamente tomamos, basadas en cálculos de pros y contras, donde aquella columna que más sume, se convierte en la decisión óptima, sin dar pie a la improvisación.
Son personas que les da lo mismo aprender una receta de cocina, que un libro de derecho, que una novela “rosa”, ya que su vivencia va a ser la misma. Con marcados rasgos de personalidad encuadrados dentro del tipo D, hiperactivas, autoexigentes y con baja autoesitma.
Pero estas personas lejos de “vivir sin emociones”, como cabría pensar, lo que sufren es una “desconexión” entre el mundo emocional interno y su expresión externa, con lo que el cuerpo se va a convertir en el vehículo a través del cual dar salida a dichas emociones, produciéndose una somatización de las mismas.
Mostrando una mayor probabilidad de padecer llegar a enfermar psicosomáticamente, como la colitis ulcerosa, úlceras péptidas, trastornos vasculares como hipertensión o cardiopatías isquémicas, además de trastornos del estado de ánimo como depresión y ansiedad.
Y todo ello precisamente por su incapacidad de darle salida por otros medios, como la palabra, la escritura, o simplemente “rompiendo a llorar”.
Un reciente estudio realizado por la Banaras Hindu University (India) publicado en SIS Journal of Projective Psychology and Mental Health, analiza la relación entre la salud y la alexitimia. Para lo cual analizaron a 150 adultos donde se evaluaba la alexitimia, la salud mental y las vivencias de emociones positivas y negativas.
Los resultados indican que altos niveles de alexitimia están relacionados con una mayor probabilidad de enfermar con trastornos psicológicos, explicado en parte, por el componente de anhedonía de la propia alexitimia, con el que se pierde la vivencia positiva de las emociones, favoreciendo de ésta forma mayores experiencias negativas.

lunes, 18 de junio de 2012

La importancia crucial de las emociones





- Primacía de las emociones

Nuestras emociones son formas de experiencia inmediata. Cuando experimentamos nuestras emociones estamos en contacto directo con nuestra realidad física.

Dado que nuestras emociones son formas de energía, son, por ello, físicas y se expresan en el cuerpo incluso antes de que seamos conscientes de ellas.

Podemos distinguir nueve emociones innatas (interés, alegría, sorpresa, angustia, miedo, rabia, vergüenza, náusea y repugnancia) que se manifiestan en expresiones faciales. Cada niño nace con estas expresiones "preprogramadas" en sus músculos faciales y los investigadores han demostrado que en cualquier parte del mundo, en cualquier cultura, se identifican estas emociones de la misma manera. Son las comunicaciones básicas que necesitamos para sobrevivir biológicamente.

Al crecer, las emociones forman el esquema mental básico para pensar, actuar y tomar decisiones. Las emociones son algo así como nuestros motivadores biológicos innatos. Son "la energía que nos mueve", como el combustible para los autos. Intensifican y amplían nuestras vidas. Sin emoción, nada importa realmente; con emoción, todo puede importar.

Cuando la emoción que acompaña a una experiencia traumática se bloquea, la mente no puede evaluar o integrar esa experiencia. Cuando la energía emocional bloquea la resolución del trauma, la mente disminuye su capacidad de funcionamiento. Con los años, la mente se empequeñece cada vez más, ya que el bloqueo de la energía emocional se intensifica cada vez que ocurre una experiencia similar. Siempre que tenemos una experiencia nueva, y que de alguna forma se parece al trauma original, sentimos con una intensidad que es desproporcionada con lo que está ocurriendo en realidad. Se trata de una regresión espontánea.

Nuestro niño interno herido está lleno de energía no resuelta que proviene de la tristeza de un trauma infantil. Una de los motivos de que sintamos tristeza es para completar los sucesos dolorosos del pasado, de modo que podamos disponer de nuestra energía para el presente. Cuando no se nos permite lamentarnos, esta energía se congela.

- Emociones reprimidas

Como las emociones son energía, exigen que se las exprese. Los niños de familias disfuncionales a menudo no tienen aliados, nadie a quien puedan expresar sus emociones.

Entonces, las expresan de la única forma que saben: "exteriorizándolas" o "interiorizándolas". Cuanto antes se repriman, más destructivas resultarán estas emociones. Las emociones inexpresadas y no resueltas es a lo que se refiere el "dolor original". Este trabajo implica volver a experimentar esos traumas y expresar las emociones reprimidas, las cuales, una vez hecho esto, ya no tendrán que exteriorizarse o interiorizarse nunca más.

- La angustia y el cerebro

Hoy estamos empezando a entender las defensas del YO basándonos en la investigación de la química y la fisiología cerebral. "Aflojar" o "desactivar" las defensas del YO, (principal actividad de una buena psicoterapia) nos permite conectarnos con nuestras más antiguas emociones. El trabajo del dolor original produce una gran curación al permitir sentir esas emociones no resueltas del pasado. Pero ¿por qué esto cura?

El neurólogo MacLean ha presentado un modelo de cerebro que nos ayuda a entender cómo nos afectan los traumas. Según él, el cerebro consta de tres partes -o tres cerebros dentro del cerebro- que forman parte de nuestra herencia evolutiva. El más primitivo es el cerebro reptiliano o visceral. Contiene nuestra estrategia más primitiva para la seguridad y la supervivencia: la repetición. Un lagarto, por ejemplo, tiene una vida bastante simple que consiste en recorrer cada día el mismo camino, esperando comer unas cuantas moscas y mosquitos sin que le coman a él. Si encuentra un camino atinado entre las hierbas y las rocas lo repetirá hasta su muerte.

Esta repetición tiene un valor de supervivencia. El cerebro visceral también mantiene las funciones físicas automáticas de nuestro cuerpo, como la respiración. Podríamos conjeturar que nuestros "lagartos" aparecen cuando convivimos por primera vez con alguien y nuestros hábitos de siempre chocan con los de la otra persona.

El siguiente es el cerebro paleomamífero, o sensorial. Técnicamente se le llama sistema límbico. Cuando los mamíferos de sangre caliente llegaron al escenario evolutivo, nació la energía emocional. El sistema límbico alberga los sentimientos de excitación, placer, rabia, miedo, tristeza, alegría, vergüenza, repugnancia y náusea.

El sistema más sofisticado de nuestro cerebro es el neocórtex o cerebro racional. Éste último evolucionó hace más o menos dos millones de años. Nos da la capacidad humana de razonar, usar el lenguaje, planificar con anterioridad, resolver problemas complejos, etc.

Según MacLean, estos tres cerebros son independientes, pero al mismo tiempo trabajan conjuntamente (interdependientes) para mantener el equilibrio del cerebro completo. El sistema de equilibrio del cerebro está regido por la necesidad de mantener los trastornos dolorosos al mínimo.

El cerebro no tiene problemas con los trastornos ocasionales de la vida. Utiliza la expresión de emociones para mantener el equilibrio. Cuando nuestra angustia alcanza cierto grado, gritamos de rabia, lloramos de tristeza o sudamos y temblamos de miedo. Los científicos han demostrado que las lágrimas en realidad suprimen las sustancias químicas del estrés que se forman durante un desorden emocional. El cerebro tenderá de forma natural hacia el equilibrio por medio de la expresión de la emoción, a no ser que se nos haya enseñado a inhibirla.

- La huella de los primeros traumas

Cuanto antes se inhiban las emociones, más profundo es el daño. Cada vez hay más pruebas de que hay una secuencia en la maduración individual del cerebro que sigue básicamente la secuencia evolutiva. Científicos neurólogos han confirmado que el cerebro visceral predomina en las últimas fases del embarazo y en la primera etapa postnatal.

El sistema del cerebro límbico empieza a operar durante los primeros seis meses de vida. Este cerebro emocional permite la creación de los primeros vínculos importantes.

El neocórtex se está todavía desarrollando durante los primeros años, y el cerebro racional, además de tiempo, necesita un entorno y estímulos adecuados para desarrollarse de forma saludable.

Cuando reflexionamos sobre el hecho de que el cerebro visceral está relacionado con problemas de supervivencia y está regido por la repetición, cobra sentido la idea de la impronta permanente. Los recuerdos traumáticos son difíciles de erradicar porque son recuerdos de respuestas de supervivencia.

Como el cerebro visceral aprende y recuerda pero no olvida, imprime el trauma con una permanencia que dominará su futuro. Todo lo que un niño experimente durante las últimas fases del embarazo o en los primeros años de su vida -momentos de una marcada vulnerabilidad- quedará grabado en su mente en beneficio de su supervivencia.

- La compulsión a la repetición

La investigación neurológica apoya lo que todos los psicoterapeutas, desde Freud hasta hoy, saben a ciencia cierta: las personas neuróticas tienen el impulso de repetir.

Hay también una explicación neurológica para las respuestas con reacciones desproporcionadas ya mencionadas.

Las marcas neuronales intensificadas por experiencias estresantes deforman la reacción del organismo ante un estímulo. Las experiencias dolorosas continuas imprimen nuevos circuitos en el cerebro, de modo que éste pasa a estar más preparado para reconocer como estímulo doloroso lo que otra persona no reconocería como tal.

Esto confirma la teoría de que una vez que el material interno queda establecido durante el embarazo (por cualquier situación estresante o traumática que atraviese la futura mamá) o en la primera infancia, actúa como un filtro extremadamente sensible moldeando los acontecimientos posteriores. Las contaminaciones del niño herido entran en esta categoría. Cuando un adulto con un niño herido se enfrenta a una situación que se parece a un suceso doloroso prototípico, se activa la respuesta original.

Lo podemos comparar con un megáfono con la tecla de encendido bloqueada. Se reacciona con intensa emoción ante algo que en realidad es trivial o bastante inocuo. Se responde a lo que no existe en el exterior porque está en el interior.

Extracto de Volver a casa. John Bradshaw