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miércoles, 8 de enero de 2014

¿Qué delatan nuestras emociones?

El cerebro necesita el corazón para pensar, para activar el organismo y relacionarnos
Solo hay que preocuparse cuando la tristeza, la rabia o la culpa se instalan permanentemente
Jenny Moix Queraltó

Todos hemos oído alguna vez comentarios del tipo: “Soy una persona lógica, sé dejar las emociones a un lado y analizar las situaciones objetivamente”. A Joseph LeDoux, uno de los más prestigiosos neurocientíficos actuales, le parecería muy gracioso. Esta afirmación lleva implícito el considerar la razón y la emoción como dos entidades totalmente separadas que se pueden activar o desactivar a voluntad. Algo muy lejos de la realidad. Ambas están más separadas en nuestra mente teórica que en nuestro tangible cerebro. La interacción entre la parte encargada de las emociones (amígdala) y la zona responsable del pensamiento racional (córtex) es constante, y las vías que los unen, complejísimas. Además existen más vías de la amígdala hacia el córtex que a la inversa, así que las emociones lo tienen muy fácil para influir en nuestros pensamientos. La razón lo tiene más complicado para manejar al “corazón”. A Antonio Damasio, otro gran neurocientífico, también le produciría hilaridad. Él ha demostrado que si se seccionan las vías que van de la amígdala (emociones) al córtex (razón), aunque la persona mantenga la inteligencia lógica intacta, sus decisiones suelen ser erróneas. Nuestro cerebro necesita al corazón para pensar.

Estos sentimientos no solo son imprescindibles para tomar decisiones, planificar, reflexionar, sino que cumplen una función clave para activar al organismo y para relacionarnos con los demás. Han ido surgiendo a lo largo de la evolución con ciertas finalidades. Son una parte esencial de nuestro software. Ser humano significa sentirlas. Obviedad que a veces olvidamos. Al ver a alguien triste, rabioso, ansioso, casi como un acto reflejo vamos a calmarlo, como si quisiéramos desactivar esa emoción. Sin embargo, la alarma solo se nos debería disparar cuando alguno de esos sentimientos se instala permanentemente dentro. Entonces sí que debemos dedicarnos a descubrir qué nos está pasando.

El día que yo nací, mi madre parió dos gemelos: yo y mi miedo” Thomas Hobbes

Estamos en un Boeing 747, las sacudidas del avión nos convierten en monigotes golpeados. El piloto anuncia un aterrizaje forzoso. Todos estamos aterrados. En este caso, nuestro miedo dice poco de nosotros, es algo casi instintivo y nada singular.
Nos encontramos en una reunión cuatro empleados con el jefe; este realiza un comentario sobre el equipo. Uno siente rabia, el otro se siente culpable, el tercero experimenta vergüenza y el cuarto entristece de repente.
Aquí sí que nuestra emoción nos puede dar muchas pistas sobre nosotros. Entre la situación y lo que ha provocado en nosotros ha pasado algo; a veces puede ser algo consciente, un pensamiento que ha cruzado nuestro cerebro. Otras veces, las rutas son más inconscientes, el jefe pronuncia la frase y, como si hubiera apretado un resorte, sentimos algo. Ese resorte es alguna creencia inconsciente que está allí sin que nos demos cuenta de ella. Leer nuestras emociones nos ayuda a descubrir esas creencias.

Vamos a centrarnos en algunas de las más estudiadas: enfado, miedo, culpa, vergüenza y tristeza. Cada una de ellas se activa apretando un botón diferente. En nuestro cerebro se encuentran esos cinco botones. La sensibilidad de cada uno de ellos varía entre las personas. ¿Qué interruptor tenemos más sensible?

Ver y sentir
PELÍCULAS
Todas las películas están impregnadas de emociones.
Aquí algunas de ellas:
‘Shame’ Steve McQueen
‘Rabia’ Sebastián Cordero
‘Quédate a mi lado’ Chris Columbus
‘Caballos salvajes’ Marcelo Piñeyro

Enfado. Esta emoción se pone en marcha ante la ofensa entendida como un agravio o ataque hacia nuestra persona o nuestros allegados. En la época de nuestros ancestros, los que se enfadaban tenían más probabilidad de sobrevivir que los que no. Somos hijos de los que se enfadaron, por eso conservamos esa sensación. En nuestros días, esa agresividad ha perdido, en muchas situaciones, el sentido. Gritar o pegar no suelen ser buenas estrategias para afrontar lo que vivimos como una ofensa. Las personas que se enfadan constantemente son las que lo interpretan todo como un ataque. Tienen la tecla de la ofensa muy sensible y cualquier situación puede activar esa rabia. En el caso de que sea el enfado lo que más nos caracteriza, deberíamos preguntarnos por qué lo interpretamos todo como un ataque. ¿Quizá nos sentimos inseguros de nuestro comportamiento? ¿Quizá nos valoramos poco? ¿Quizá partimos de que a la mayoría de las personas les gusta atacar?…

Miedo. La percepción de peligro es lo que lo activa. En los días de nuestros abuelos cavernícolas, el miedo se ponía en marcha ante un animal peligroso, por ejemplo. Esa secreción de adrenalina desencadenaba una serie de cambios fisiológicos para preparar el cuerpo para atacar o huir. El corazón latía más rápido para que la sangre llegara con mayor celeridad a la musculatura, la sudoración aumentaba para refrigerar, las pupilas se dilataban para captar mejor la fiera que teníamos delante… Está claro que venimos de los miedosos. Los valientes, los que no experimentaron estas reacciones, murieron comidos por el depredador. Hoy día, en muchas circunstancias, estas reacciones pierden el sentido. ¿Para qué sirve sudar cuando contestamos un examen? Ese miedo ancestral que llevamos en nuestras células explica por qué algunas veces parece que nos va la vida ante trajines cotidianos. ¡Los problemas con el jefe, la pareja, los hijos… los vivimos como si fueran un león a punto de comernos! Cuando alguien experimenta miedo, con frecuencia es porque lo vive todo como amenazante. Si es ese nuestro caso, deberíamos identificar el porqué. A veces se debe a que creemos que no tenemos suficientes recursos o habilidades para afrontar la situación; otras, a que cargamos todo con una elevada importancia, puede que veamos el mundo como un lugar extremadamente hostil…

No todas son iguales
El análisis de estas páginas es útil en el caso de que tengamos alguna emoción encapsulada. Respecto al resto, a las emociones que vienen y van y que nos convierten en hermosamente humanos, lo mejor es tratarlas como huéspedes tal y como nos sugiere Rumi:
“Ser un humano es como estar en una casa de huéspedes. / Cada mañana una nueva llegada. / Una alegría, una depresión, una maldad, / algunas percepciones momentáneas, que aparecen como visitantes inesperados. / Dales la bienvenida y atiéndelos a todos ellos. / ¡Incluso si llega un grupo de lamentos / que barren violentamente tu casa y la vacían de muebles! / Aun así, haz los debidos honores a cada invitado. / Quizás te esté enseñando algo para tu regocijo. / El pensamiento oscuro, la vergüenza, la malicia, / sal a buscarlos a la puerta riendo, e invítalos a entrar. / Estate agradecido a quien quiera que venga, / porque cada uno ha sido enviado como un guía del más allá” (La casa de huéspedes).

Culpa. La culpa aparece cuando hemos trasgredido alguna norma, si no hemos actuado como creemos que hubiéramos tenido que hacerlo. ¿Por qué apareció la culpa cuando todavía vivíamos en las cuevas? Pues porque sin ella no hubiéramos podido funcionar bien como tribu. Las “normas” optimizan el rendimiento grupal. Por tanto, un sentimiento negativo al transgredirlas impedía o disminuía la probabilidad de que ese comportamiento (que no favorecía al grupo) se volviera a repetir. Ese sentimiento hoy lo conservamos aumentado. La presión social. La imposición de nuestra tribu es enorme. Si al mirarnos vemos que es la culpa el sentimiento que más nos acompaña, es sin duda porque damos una extrema importancia a todas las normas sociales. Tanta que dejan de ser sociales y pasan a ser personales. Autoexigencias. La sociedad empieza por domesticarnos, pero acabamos autodomesticándonos. Detectar que lo que vivimos como normas impuestas son en el fondo autoexigencias es uno de los pasos más gigantescos que podemos dar para superar la culpa.

Vergüenza. La vergüenza la sentimos cuando creemos que hemos fracasado, que no hemos actuado de la forma ideal. La persona que siente vergüenza es la que carga con una gran mochila de ideales. Ideales sobre cuál debe ser el peso, la forma de vestir, el coche, el comportamiento en actos sociales… Si somos de los que experimentamos esta emoción frecuentemente, convendría analizar esos paradigmas y bajarlos de allá arriba. El mejor antídoto es la aceptación de la realidad tal cual es. Los ideales, si son demasiado altos, lo único que provocan es frustración y vergüenza.

Tristeza. La tristeza se presenta al valorar lo que nos pasa como una pérdida. Cuando estamos tristes, nuestras energías disminuyen, paramos, vamos más lentos, nos cobijamos, no queremos relacionarnos, nos retraemos. El hecho de parar y no actuar sin más ayuda a la reflexión, a entender, a procesar lo que nos ha pasado. La tristeza, como el resto de las emociones, fue útil y lo sigue siendo, pero, como siempre, no en todas las circunstancias y no cuando se vuelve sentimiento permanente. Si la pena es nuestra compañera constante, debemos preguntarnos por qué valoramos lo que nos sucede como una pérdida. ¿Es una pérdida o simplemente un cambio natural en el río de la vida?

viernes, 24 de mayo de 2013

Psicología Gestalt

Y siguiendo con la maravillosa frase:
"El todo es más que la suma de sus partes"
La Gestalt (palabra alemana que quiere decir conjunto, configuración, totalidad o "forma") es una escuela de psicología que interpreta los fenómenos como unidades organizadas, estructuradas, más que como agregados de distintos datos sensoriales. La Gestalt, que ha hecho un substancial aporte al estudio del aprendizaje, la memoria, el pensamiento y la personalidad y motivación humanas, surgió en Alemania pero se trasladó a Estados Unidos en los años treintas, cuando allá se refugiaron los psicólogos alemanes Max Wertheimer, Wolfgang Köhler, y Kurt Koffka, que encontraron eco receptivo en su visión de quitarle énfasis al análisis, como detrimento de los valores humanos. La influencia de filósofos como Kant, Match y Hüsserl sobre el pensamiento de los psicólogos de la Gestalt fue considerable.
La terapia Gestalt, fue desarrollada después de la Segunda Guerra Mundial por Fritz Perls y su esposa Laura. Fritz consideró que la raíz de los trastornos psicológicos podía estar en la incapacidad de las personas de integrar exitosa y acertadamente las partes de su personalidad en un todo saludable.
Perls era psicoanalista, pero ciertas discrepancias con los métodos y teorías freudianos lo llevaron a crear su propia línea terapéutica. Las fuentes de su método pueden encontrarse en Karen Horney y Wilhelm Reich, el existencialismo (Martin Buber y Paul Tillich) y la fenomenología (Edmund Hüsserl), de donde tomó las ideas de "libertad" y "responsabilidad", la de la inmediatez de la experiencia y la del papel del individuo en la búsqueda del significado de su vida.
Aplicó los principios de la psicología gestáltica al postular que las personas emocionalmente saludables organizan su campo de experiencia en necesidades bien definidas que les sirven de referencia a la hora de organizar su conducta. Las personalidades neuróticas interfieren con la conformación de la gestalt apropiada y no llega a adecuarlas con sus necesidades.
Perls, consideró que la raíz de los trastornos psicológicos podía estar en la incapacidad de las personas de integrar exitosa y acertadamente las partes de su personalidad en un todo saludable. En la terapia el terapeuta anima al cliente a vivenciar sus emociones y reconocerlas por lo que son en realidad a través de la percepción ingenua y la experiencia inmediata.
Fritz tuvo una experiencia de kibutz en Israel que lo llevó a renovarse a sí mismo y así llegó a Esalen a California, donde creó la escuela y el estilo actual de la terapia Gestalt que pretende resolver los conflictos y ambigüedades que provienen de la dificultad para integrar las configuraciones de la personalidad. Su papel es lograr que el sujeto de terapia se haga consciente de sus sensaciones significativas hacia sí mismo y hacia su entorno, de suerte que pueda responder plena y razonablemente a cualquier situación. La clave es enfocarse en el "aquí y ahora", no en las experiencias del pasado, y una vez situados en el "aquí y ahora" puede enfrentar conflictos pasados o asuntos inconclusos –las llamadas gestaltes inconclusas, o cosas sin llevar realmente a término, desde funciones muy elementales a cierre de ciclos-. Tiene una particularidad esta terapia, y es que funciona mejor, pero mucho mejor en grupos.
Las bases de la Gestalt son el aquí y el ahora, lo obvio y la toma de consciencia ("darse cuenta") de lo que hacemos realmente en nuestras vidas, cómo lo hacemos y qué es lo que queremos o necesitamos en realidad (y cómo podemos conseguirlo).
La propuesta de que todo lo que percibimos es el resultado de procesos organizadores, de carácter no innato, y por tanto la realidad que nos rodea no es absolutamente determinante, nos hace dueños de la libertad de percibir infinidad de realidades alternativas alterando controladamente los principios organizadores de nuestra consciencia.
Al igual que en otras terapias humanistas, la Terapia Gestalt es un enfoque holístico de la experiencia humana, asume la tendencia innata a la salud, la integridad y la plena realización de las potencialidades latentes, promueve la propia responsabilidad de los procesos en curso y conciencia sobre las propias necesidades y su satisfacción.
Esta terapia moviliza el pasado vivido por cada uno y establece un contacto con el presente y un intercambio favorable con el entorno. Cambia el "por qué" por el "cómo" otorgando perspectiva y orientación.
Utiliza técnicas vivenciales, el experimento y el laboratorio. Antepone la espontaneidad al control; la vivencia, a la evitación de lo molesto y doloroso; el sentir, a la racionalización; la comprensión global de los procesos, a la dicotomía de los aparentes opuestos.
La Terapia Gestalt también puede considerar una filosofía de vida en la cual, la persona asume los valores de auto-respeto, auto- responsabilidad sobre todo lo que siente, piensa y hace; honestidad y desarrollo con los pies bien firmes en la tierra, relacionándose con los demás y con su entorno de forma abierta y madura.

Gracias personarte.-

lunes, 6 de agosto de 2012

El compromiso es un elemento clave de la felicidad




Tengo 49 años. Nací en Dublín. Dirijo el departamento de Psicología del Centro de Ciencias del Cerebro de la Universidad de Essex. Casada, sin hijos. Si en la política participara mucha más gente, conseguiríamos cambiar las cosas. Fui creyente, hoy me basta con lo humano.


A las personas que sufren trastornos de ansiedad les atrae más la información negativa que la positiva. El problema es que esto ocurre de forma inconsciente.

A perro flaco, todo son pulgas.
Y la gente optimista sintoniza más con la información optimista, tiende a mantener más vínculo con las cosas que inducen placer y evita lo negativo.

¿Y cómo lo sabe?
Medimos la actividad eléctrica del cerebro mientras se contemplan imágenes positivas y negativas. Sabemos que la mentalidad optimista y la pesimista siguen dos patrones eléctricos distintos. Y la depresión es la forma extrema del pesimismo.

¿Qué caracteriza el optimismo?
Una de las claves es el sentimiento de control de la propia vida. En EE.UU. se llevó a cabo un estudio muy interesante en una residencia de ancianos que lo demuestra.

Cuénteme.
A cada anciano le dieron una planta y la posibilidad de ver una película a la semana, pero a unos les dejaban decidir sobre los cuidados de la planta y el día y la hora para ver la película. A otros les imponían la manera de cuidar la planta y cuándo ver la película.

¿Y?
En tres años de seguimiento se observó que los niveles de bienestar y salud eran mucho más altos en los que tenían el control.


Parece bastante lógico.
Los múltiples experimentos que se han hecho sobre el tema del control nos demuestran que los optimistas tienen la sensación de controlar su vida.

Lo cual a menudo es una ilusión.
Sí, pero los mantiene más saludables. Otra clave del optimismo es que se refiere mucho más a la acción que al pensamiento. Los beneficios del optimismo provienen de las acciones, de lo que se hace.

El optimista es más perseverante.
Sí. Tanto en el mundo real como en condiciones de laboratorio encontramos lo mismo: ante un problema, los optimistas tardan el doble de tiempo en tirar la toalla que los pesimistas. Y los estudios también demuestran que las personas optimistas logran más éxito en la vida y en los negocios.

Hay que implicarse en la vida.
Sí, porque la gente que está muy implicada en lo que hace es más feliz. La felicidad no depende del dinero que se gana, sino de estar contento con lo que se hace, estar comprometido. Ese es uno de los elementos clave de la felicidad.

Apreciar lo que se tiene.
Según mis investigaciones, a los optimistas las cosas sencillas, como ir al cine con los amigos, les hacen sentir bien. Le sorprenderá saber que la felicidad es medible.

¿Y cómo se mide?
Averiguando la ratio entre los hechos positivos y negativos. Para que un matrimonio sea muy feliz debe haber cinco episodios positivos frente a uno negativo.

¿En qué lapso de tiempo?
A diario: si te peleas en el desayuno pero durante el día suceden cinco cosas pequeñas pero positivas (una risa, una broma, un abrazo), tu matrimonio es muy feliz.

Igual es mucho pedir.
En general, tres actos positivos frente a uno negativo se considera una vida feliz. El empate roza la depresión.

¿La actitud positiva se hereda?
Todos heredamos una versión larga o corta del gen que transporta la serotonina. Nuestras investigaciones más recientes demuestran que con la versión corta, el riesgo de desarrollar depresión es mucho más alto.

¿Cómo se llama ese gen?
Gen de la vulnerabilidad. Pero si la persona con la versión corta vive en un entorno muy bueno que la apoya, florece; así que sería más correcto llamarlo gen de la plasticidad.

Por su adaptabilidad.
Exacto. Las personas sintonizan más con su entorno emocional cuando tienen la versión corta. Las que tienen la versión larga son personas más resistente cuando las cosas son difíciles, pero no se benefician tanto de un buen entorno.

¿Y cuál abunda más?
La versión corta representa un 25%. Ahora sabemos que hay entornos que pueden hacer que se activen unos genes y que se desactiven otros.

¿Podemos rediseñar nuestro cerebro?
Hasta cierto punto, sí. En mis investigaciones entreno a pesimistas para que dejen de serlo. Utilizaré como ejemplo la adicción al tabaco: de forma subliminal, el fumador asocia el tabaco con las áreas de recompensa. Mediante imágenes, conseguimos resintonizar imágenes y asociaciones.

¿Qué podemos hacer para ser un poco más optimistas?
Escribir un diario de la positividad en el que explicaremos todo lo bueno que nos ocurre. La memoria de las personas es muy sesgada: un pesimista recuerda más lo negativo que lo positivo, de modo que si escribe las cosas buenas, descubre que sus días son mucho más benévolos de lo que pensaba. Y está demostrado que diez minutos de meditación al día son muy poderosos.

Se asocia optimismo a ingenuidad.
Las raíces del pesimismo están en el sistema del miedo, y las raíces del optimismo, en el del placer. Debemos mantener un equilibrio entre ambos; se trata de llegar a un optimismo realista. Pensar: "Hay cosas que pueden salir mal, pero yo podré superarlas".

Podemos cambiar
Profesora e investigadora de Essex y de Oxford, Fox empezó investigando el pesimismo y sus socias -la ansiedad y la depresión-, pero con el tiempo se pasó al estudio del optimismo y la felicidad, que, como son contagiosos, la tienen mucho más contenta. En Una mente feliz(Temas de Hoy), consciente de que nuestra forma de ver el mundo y de interactuar con él modifica el modo en que este nos responde, hace un recorrido por la ciencia más avanzada para dilucidar por qué cada individuo está influido por el predominio de unos circuitos cerebrales optimistas o pesimistas. La buena noticia es que esos circuitos son los más plásticos del cerebro humano: podemos cambiar.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/lacontra/20120720/54327741187/la-contra-elaine-fox.html

martes, 31 de julio de 2012

Pienso, luego...¿Qué?

El estrés y la sobreexigencia influyen en los pequeños olvidos cotidianos y el posterior deterioro cognitivo. Secretos de los especialistas para ejercitar la mente
Por Virginia Mejía | Para LA NACION
Nos olvidamos del turno con el dentista, los nombres de las personas se nos quedan en la punta de la lengua, al salir del shopping no recordamos dónde estacionamos el auto y además perdemos los anteojos, la billetera y las llaves de casa. Según los especialistas, en mayor o menor medida, estos pequeños olvidos nos afectan a todos, y si bien algunas distracciones no deben ser motivo de alarma, hay otras que si se repiten podrían estar vinculadas con problemas de la memoria y deberíamos prestarles atención. Las consultas en los centros neurológicos especializados en memoria van en aumento. En otras palabras: en el consultorio, los médicos diagnostican desde afecciones graves hasta casos más leves de pérdidas momentáneas de la memoria causadas por estrés o a sobreexigencias de la vida diaria.
El gran fantasma, el Alzheimer
Precisamente, el tema de la memoria comenzó a tomar relevancia ante la difusión de ciertas afecciones propias de la vejez vinculadas con la pérdida de la capacidad cognitiva, como el Alzheimer, hoy considerado una epidemia debido al envejecimiento progresivo de la población mundial. "Hay olvidos que son normales, hay otros que son el comienzo de enfermedades. En los normales a uno algo se le borra, pero después lo recupera. Es decir, pierdo las llaves del auto, pero más tarde recuerdo que las dejé sobre la mesa de la entrada. El olvido patológico, en cambio, es cuando no puedo traer algo a la memoria y además esta situación se asocia a otras similares o se reitera. Por ejemplo, preguntar tres veces lo mismo en un lapso corto no es normal", asegura el Dr. Ricardo F. Allegri, investigador del Conicet y jefe de Neurología Cognitiva de la Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia (Fleni).
"Los últimos adelantos científicos permiten la detección temprana del Alzheimer por medio de biomarcadores que pueden estudiarse en líquido cefalorraquídeo o a través de neuroimágenes estructurales o funcionales, es decir PET con marcador amiloideo", explica Allegri. Para el neurólogo, estos estudios "son de gran importancia, debido a que se están desarrollando estrategias preventivas y nuevas terapéuticas para los problemas cognitivos".
Sin llegar al punto de hacerse estos estudios, ¿cómo saber cuándo los pequeños olvidos cotidianos pueden derivar en un trastorno cognitivo? Según Allegri, "cuando una persona siente que está perdiendo la memoria no necesariamente es una patología, pero cuando los familiares consideran que alguien sufre olvidos frecuentes lo aconsejable es la consulta neurológica, ya que probablemente se esté ante un caso de Alzheimer".

Mejor prevenir...

Mientras que hace algunos años sólo las personas mayores se alertaban ante una posible pérdida de la memoria, hoy son muchos los que pasados los 40 comienzan a prestar atención a los olvidos cotidianos. "Me preocupé cuando una vez no me acordé de pasar a buscar a uno de mis chicos por la puerta del colegio. Tengo 3 hijos y cuando llegué de trabajar retiré a los dos más grandes de secundaria para llevarlos uno a fútbol y a la otra a la clase de piano. Pero al más chiquito, el que sigue en primaria, se quedó ahí, en el patio, esperándome..", cuenta Florencia Estévez, que luego de este episodio decidió hacer una consulta neurológica sobre el estado de su memoria. Según Teresa Torralba, jefa de Neuropsicología del Centro de Estudios de la Memoria y la Rehabilitación Cognitiva (Ineco), hay casos que son típicos de las situaciones de estrés diarias que hacen que "el cerebro colapse, se afecte el hipocampo y la información aparece como si fuera una biblioteca totalmente desordenada". En estas situaciones no queda capacidad para aprendizajes nuevos ni para recordar tareas específicas. Son olvidos vinculados con el llamado síndrome de burn out o de cabeza quemada. Tal es el caso de Federico Ramírez, un gerente de 43 años que afirma, con humor, que padece de memory full, comparando su mente con un disco rígido completo de una computadora. Para Ramírez el problema comenzó hace un año cuando comenzó a pasar por alto las reuniones de directorio: "Me quedaba en mi escritorio trabajando y me avisaban que estaban esperándome. Yo llegaba tarde, corriendo y superestresado. Me mandaban mails, mensajes de texto, de todo para hacerme acordar y yo nada...", cuenta.

Para los especialistas, hoy es posible prevenir el deterioro mental procurando mantenerse en buen estado físico, emocional y cognitivo. En el primer punto es consabida la importancia de la actividad física y de una dieta saludable. "Lo ideal para la salud cognitiva es una dieta típica mediterránea, con carne magra al menos dos veces por semana", advierte Sol Vilaro, jefa de Nutrición en Neurología y Psiquiatría del Ineco.

El descanso tampoco es un tema menor. Según estudios de la Universidad de Berkeley, Estados Unidos, existe lo que se llama el efecto siesta, producto de los beneficios del dormir. La investigación demostró que el sueño es necesario para hacer que el cerebro borre la información que no necesita y que haga lugar para que ingrese la nueva.

A nivel emocional, especialmente después de los 50 años, es fundamental evitar las situaciones de estrés, planificar actividades vinculadas con el ocio y mantener una vida social activa. "Cuando uno es joven, naturalmente está rodeado de gente, pero las personas de mayor edad en determinados casos tienden a aislarse y esto no es bueno", advierte Allegri.

A nivel cognitivo, al igual que se ejercitan los músculos cuando se realizan actividades físicas, también es posible entrenar la mente desde temprana edad para mantenerla en forma y evitar la pérdida de la memoria que se produce casi inexorablemente a partir de los 60 años.

"Un estudio reciente sugiere que con sólo diez sesiones de entrenamiento cognitivo pueden observarse mejorías equivalentes al deterioro típico presentado en un período de 7 a 14 años", dice Facundo Manes, director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Favaloro. En ese sentido ya son varios los institutos neurológicos que ofrecen programas de encuentros grupales con personas que tengan intereses similares o afinidad en los cuales se entrenan y estimulan funciones como la memoria, atención, el pensamiento lateral, la planificación y el control de los impulsos.

Además, estos ejercicios que algunos llaman con humor la neuro gym se pueden realizar en forma casera o doméstica aprovechando situaciones de la vida cotidiana. "No son actividades universales, es decir que no hay una receta que les sirva a todos. Tal vez para una persona leer un libro es un desafío mental y tal vez para otra es un hábito que no le implica ningún esfuerzo", aclara María Roca, neuropsicóloga de Ineco al tiempo que destierra el mito de que basta con hacer crucigramas todos los días para obtener agilidad mental.

Para la doctora, lo fundamental es elegir hacer algo nuevo que nos sea agradable o placentero. "Grandes desafíos intelectuales pueden generar estrés y eso termina siendo perjudicial para cualquiera."

jueves, 26 de julio de 2012

ACV: ACCIDENTE CEREBROVASCULAR

Quienes vimos de cerca el daño que los ACV causan en quienes lo padecen y en quienes acompañan y sostienen el proceso, siempre nos queda un "debo aprender más"... Dado que nadie está exento de padecerlo, si bien hay senderos que organizan el camino para no llegar tan fácil a padecerlos. Intenten compartir para seguir aprendiendo...
GRACIAS FUNDACIÓN INECO Y TN

lunes, 21 de mayo de 2012

Hallan un marcador temprano del Parkinson

Una premisa para prevenir o paliar los efectos de patologías degenerativas que aún no tienen cura es diagnosticarlas lo antes posible. Sin embargo, a veces no es sencillo: se sabe, por ejemplo, que el temblor y la rigidez, síntomas característicos del segundo trastorno neurodegenerativo por su frecuencia, el mal de Parkinson, sólo se advierten cuando los pacientes ya perdieron alrededor del 80% de las neuronas de la sustancia nigra del cerebro.

Sin embargo, un grupo de investigadores argentinos puede haber dado con una clave que permitiría detectar la condición cuando las personas todavía no exhiben trastornos motores gruesos o deterioro cognitivo: estudiando cómo interactúan entre sí los circuitos cerebrales del movimiento y el lenguaje, descubrieron que en estos pacientes el "diálogo" entre ambos parece estar interrumpido. El trabajo acaba de publicarse en la revista Cortex .

"Lo que vimos es que hay un ciclo circular entre lo que percibimos y lo que entendemos -explica el psicólogo y neurocientífico sanjuanino Agustín Ibáñez, director del laboratorio de psicología experimental y neurociencias (LPEN, http://laboraineco.wordpress.com ) del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco)-. Cuando uno escucha una frase con un verbo de movimiento, no sólo se activan las áreas del lenguaje y el movimiento en la corteza cerebral, sino que establecen una conversación cruzada: la preparación para el movimiento afecta el procesamiento del lenguaje, y el procesamiento del lenguaje afecta la actividad de las áreas relacionadas con el movimiento. Pero en pacientes con Parkinson temprano, este diálogo cruzado ya no se establece. Esta deficiencia cognitiva podría ser un marcador temprano de la enfermedad."

Para llegar a estas conclusiones, el propio Ibáñez y Felipe Cardona (ambos primeros autores) junto con colegas de Ineco (Dos Santos, Blenkmann, Roca, Nerguizian, Amoruso, Gómez-Arévalo, Chade, Dubrovsky, Gershanik y Manes); Pia Aravena, de la Universidad de Lyon, Silvia Kochen, jefa de la Unidad de Epilepsia del Hospital Ramos Mejía, Arthur Glenberg, de la Universidad de Wisconsin, y Tristán Bekinschtein, de la Unidad de Ciencias Cognitivas de la Universidad de Cambridge, aprovecharon una oportunidad única en las neurociencias: registraron en vivo y en directo la actividad cerebral de pacientes con epilepsia refractaria, a los que se les habían colocado electrodos en la corteza cerebral para prepararlos para una cirugía en la que les removerían un pequeño trozo del tejido que les causaba los ataques.

Antes de la cirugía, para analizar la relación que existe entre el lenguaje y la acción, los científicos les tomaron pruebas cognitivas que consistían en pedirles que apretaran un botón con la mano abierta o cerrada, mientras les leían oraciones, como "Era un buen espectáculo, así que Ana aplaudió".

Lo que descubrieron fue que los individuos se demoraban en apretar el botón con la mano cerrada cuando la oración mencionaba acciones que se realizan con la mano abierta (como aplaudir); es decir, cuando el lenguaje y la acción eran incongruentes. Pero cuando les tomaban la misma prueba a los pacientes con Parkinson temprano, éstos tardaban lo mismo en todas las situaciones. "No mostraban el efecto de compatibilidad de la acción-oración, lo que evidenciaba una falla en la comunicación entre las áreas lingüísticas y motoras", explica Ibáñez.

"Tenemos muy embebida la acción dentro del lenguaje, pero el mecanismo es un poco menos específico de lo que solía pensarse -dice Bekinschtein, desde Cambridge-. Cuando uno escucha una frase que incluye una acción con la mano, no se le activa solamente el área cerebral de la mano, sino todas las redes de acción. Los electrodos registraron que el cerebro ya se está preparando para una eventual acción al escuchar la frase, y también que para poder entender la frase hay que activar las áreas de movimiento. Esa relación tan compleja nunca se había mostrado con un experimento tan simple."

Para los científicos, la relación entre estas dos redes, la del movimiento y la del lenguaje, exigen comunicación entre áreas distantes del cerebro. "Para los pacientes con Parkinson en estadios tempranos, afrontar estas pruebas es como hacer un electro de esfuerzo", ilustra Bekinschtein..

Por Nora Bär | LA NACION
Twitter: @norabar | Mail: nbar@lanacion.com.ar
http://www.lanacion.com.ar/1463943-hallan-un-marcador-temprano-del-parkinson