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viernes, 16 de agosto de 2013

Un artículo de Stephen Joseph ,nos invita a reflexionar sobre el tema del crecimiento post-traumático.

Entre el 30% y el 70% de las personas que han pasado por una situación vital adversa o han sufrido un acontecimiento traumático manifiestan que han salido fortalecidos tras superar estas dificultades y que, en algún sentido, la experiencia les ha hecho crecer. Por paradójico y contraintuitivo que pueda parecer, las vivencias que tienen un mayor potencial destructivo son también aquellas que pueden activar en el ser humano su potencial positivo con mayor intensidad. Como expresa el dicho popular, “aquello que no te mata, te hace más fuerte”.
Imagina que un día accidentalmente golpeas un jarrón precioso que cae del lugar donde estaba. Se rompe en pequeños pedacitos. ¿Qué haces? ¿Intentas recomponer el jarrón tal y como estaba? ¿Recoges los trocitos y los tiras a la basura porque el jarrón está totalmente perdido? ¿O recoges los trozos, con su color y su belleza, y los usas para hacer algo nuevo, como un colorido mosaico?”
Los beneficios de escoger la última opción, tal y como refieren las personas que han estado sometidas a eventos especialmente adversos, son notables en términos de crecimiento personal y satisfacción vital. En concreto, Joseph (2012) apunta a tres formas en las que estos cambios positivos suelen producirse:
Mejoras en las relaciones interpersonales, en el sentido de valorar más el contacto con los amigos y familiares, de desarrollar un mayor sentido de la compasión, y de desear entablar relaciones más significativas.
Cambios en la visión de uno mismo, asumiendo las propias limitaciones y vulnerabilidades pero a la vez desarrollando nuevas fortalezas psicológicas, como un mayor grado de sabiduría y gratitud.
Cambios en la forma de entender la vida, en especial en lo que concierne a una mayor orientación hacia el momento presente y a prestar mayor atención a las cosas que se consideran verdaderamente importantes.
Otra de las aportaciones del artículo de Joseph (2012) es que nos presenta algunas sugerencias sobre cómo podría favorecerse el crecimiento positivo post-traumático, resumidas en su modelo THRIVE (“desarrollarse”):
Estudiar la situación (Taking stock), paso en el que se trata de ayudar a la persona a manejar el estrés post-traumático hasta alcanzar niveles tolerables.
Fomentar la esperanza (Harvesting hope) en relación con el futuro, mediante –por ejemplo- historias de personas que han afrontado situaciones similares y que pueden servir de inspiración.
Reescribir la historia (Re-authoring), es decir, encontrar una nueva perspectiva sobre los acontecimientos, basándose en el uso de técnicas narrativas expresivas.
Identificar el cambio (Identifying change), hacerse consciente de las posibilidades del cambio post-traumático, de las áreas en las que se puede mejorar, y llevar a cabo una monitorización de los progresos.
Valorar el cambio (Valuing change), por ejemplo, siendo consciente de las nuevas prioridades vitales y de los aspectos positivos que ya están presentes, lo que puede favorecerse mediante ejercicios de gratitud.
Expresar el cambio a través de la acción (Expressing change), es decir, no quedar esta transformación en el terreno de lo meramente subjetivo, sino afianzarla mediante nuevos comportamientos que surgen de la nueva visión alcanzada.
Aunque Joseph y sus colaboradores han iniciado esta línea de investigación hace ya tiempo, son muchos aún los desarrollos futuros que se pueden esperar en este campo, por ejemplo adoptando una perspectiva en la que el crecimiento se analice longitudinalmente, o tratando de identificar las variables que moderan y median en el proceso que va del estrés al crecimiento post-traumático. Más aún, como Joseph (2012) reconoce, es un ámbito en el que las personas que han pasado por situaciones adversas pueden enseñar mucho a los demás, por lo que puede resultar especialmente interesante incorporar su propia voz. Y sobre todo, es una línea de investigación ciertamente esperanzadora, que nos hace confiar en el potencial del ser humano para dar lo mejor de sí aún en las peores situaciones.

Joseph, Stephen (2012). What doesn’t kill us… The Psychologist, 25 (11), 816-819
http://psynthesis.files.wordpress.com/

viernes, 1 de febrero de 2013

¿Por qué algunas personas se adaptan mejor a la adversidad?

Factores psicológicos y sociales que favorecen la adaptación positiva al estrés y la adversidad.

Sentido de control, autoestima, optimismo y aceptación son algunos de los recursos con los que contamos para hacer frente a los momentos difíciles de la vida. Un estudio, publicado en la revista Journal of Happiness Studies por un equipo de psicólogos de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), identifica algunos factores que favorecen que las personas se adapten razonablemente bien cuando se enfrentan a situaciones extremas de estrés y adversidad.

El estudio fue realizado con 171 adultos españoles y mexicanos de una amplia franja de edad (entre los 18 y 87 años), quienes habían vivido situaciones difíciles, tales como sufrir una separación, perder el empleo, la muerte de un ser querido o el embargo de la casa.
Enfrentarse a estas situaciones hace que las personas experimenten significativos niveles de estrés y que disminuya su satisfacción con la vida. Pero el efecto negativo de los eventos dañinos puede ser paliado a través de recursos personales y sociales que vamos adquiriendo a lo largo de la vida, como argumenta el estudio.
RECURSOS QUE NOS PROTEGEN ANTE LA ADVERSIDAD
La convicción de que podemos influir en los resultados de los acontecimientos y que la ocurrencia de estos no es ajena a nuestra forma de ser o a nuestro comportamiento, factor al que se denomina sentido de control, es un primer y muy significativo recurso para amortiguar el estrés. A éste le acompaña la autoestima, sentimiento que adquirimos a lo largo de la vida y que nos permite el aprecio hacia uno mismo y nos hace sentirnos competentes y valiosos.
Otro importante recurso es el optimismo, que significa tener la expectativa de que en general las cosas irán bien a pesar de los contratiempos. Por último, se señala la aceptación de la adversidad, no como una aceptación pasiva de resignación, capitulación o complacencia, sino como una aceptación profunda, genuina, que capacita a las personas para mirar con otros ojos la adversidad y que implica una conquista moral, ya que es una forma de superación.
A estos se añaden finalmente dos nuevos recursos que tienen que ver con la dimensión social del ser humano: el apoyo de la red social que nos rodea y la búsqueda de apoyo emocional en esta red social compuesta por amigos, familia, vecinos o conocidos.
VACUNA CONTRA EL MALESTAR EMOCIONAL
Estas dimensiones psicológicas y sociales del ser humano actúan de forma conjunta y funcionan a modo de “vacuna” contra el malestar emocional que provoca la adversidad.
Mantener la sensación de control puede favorecer que las personas se fijen metas y realicen acciones para conseguirlas. Conservar una actitud optimista y saber también cuando aceptar positivamente los hechos que son inevitables, permite mantener el equilibrio emocional. Además las relaciones personales y el apoyo emocional servirán como refuerzo al “escudo protector” que permitirá sobreponerse a momentos estresantes o adversidades y recobrar el bienestar emocional.
Éste conjunto de dimensiones humanas constituye lo que se conoce como un modelo de resiliencia, denominación que se le da a la cualidad de recuperarse de la adversidad, y puede servir de guía para planear intervenciones preventivas o curativas que apoyen a las personas que pasan por dificultades.
Los resultados del estudio no mostraron diferencias entre los participantes españoles y los participantes mexicanos. Probablemente, argumentan los autores, porque ambas poblaciones comparten cualidades culturales y sociales, como es pertenecer a una cultura colectivista, que no les hace ser diferentes en la forma de enfrentarse a la adversidad.

M. Guadalupe Jiménez Ambriz, María Izal, Ignacio MontorioRuiz.sychological and Social Factors that Promote Positive Adaptation to Stress and Adversity in the Adult Life Cycle. Journal of Happiness Studies, Volume 13, Issue 5, pp 833-848
Fuente: http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=79004&uid=468208&fuente=inews