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martes, 20 de mayo de 2014

Cuando los ancianos se vuelven agresivos...

Convivir con mayores agresivos
http://www.salud.es/
En este tipo de comportamiento problemático se incluyen todas aquellas conductas que manifiestan enojo o agresividad por parte de la persona que recibe los cuidados y que incluyen desde gestos o expresiones corporales ("ceño fruncido") hasta agresiones físicas, pasando por agresiones verbales (insultos, gritos), dejar de hablar o molestar, etc.
Situaciones ante las que una persona se puede comportar de manera agresiva.
Ante la sensación de que se está invadiendo su espacio personal (Ej: cuando se les ayuda en el aseo)
Cuando se siente incapaz o frustrada por no poder realizar las actividades más básicas (Ej: vestirse)
Como reacción ante una acción el cuidador (Ej: salir de casa puede ser interpretado por algunas personas como si de un abandono se tratase)
Como una consecuencia de tener un estado de ánimo deprimido
Ante cambios en el entorno inmediato o en las rutinas
Como efecto secundario de alguna medicación
Como reacción a un estado de confusión
Ante sentimientos de soledad o por necesidad de atención
Ante determinados comportamientos de otras personas.

Consejos para prevenir y reducir la agresividad
· No utilizar la medicación como primera medida
Conviene utilizar primero estrategias como las que aquí se reflejan ya que el consumo de medicamentos (y las interacciones que entre ellos pueden existir) puede tener como consecuencia efectos no deseados.
· Consultar con el médico
Consultar con el médico, explicarle el comportamiento observado y preguntarle si puede ser debido a efectos secundarios de la medicación, si puede existir algún problema físico o enfermedad que pueda estar influyendo en la aparición de ese comportamiento, etc.
· Fomentar la independencia
Una de las posibles causas de los comportamientos agresivos es el sentimiento frustración que se genera ante el hecho de tener que aceptar que ya no se es tan independiente como antes. Al fomentar la independencia, se aumenta la confianza y la seguridad de la persona en sí misma.
· Mantener rutinas en la vida diaria
En muchas ocasiones las reacciones agresivas son debidas a que se han producido cambios en las rutinas diarias (comidas, hora de acostarse, etc.). Si han de introducirse cambios, hay que hacerlo de forma progresiva.
· Plantear objetivos realistas
Planear actividades o tareas al alcance de las habilidades o capacidades de la persona. Si una tarea es muy compleja, tratar de dividirla en partes más sencillas y alcanzables. No razonar ni argumentar, sino plantear las cosas con claridad, evitando entrar en conversaciones que puedan resultar difíciles para la persona.
· Realizar ejercicio
El ejercicio permite que la persona libere tensión y se distraiga (sobre todo si se realiza fuera de casa -un paseo, por ejemplo-), siendo beneficioso además por otras muchas razones (oxigenación, musculatura, etc.).
· Atender a las expresiones no verbales
En muchas ocasiones, se puede predecir cuándo la persona va a comportarse de manera agresiva. En esas ocasiones, se empieza a notar a la persona inquieta, con una expresión de la cara más tensa, etc.
· Ignorar la agresividad
El fin del comportamiento agresivo de la persona puede ser en ocasiones el de llamar la atención. Si lo consigue, lo más probable es que repita el comportamiento en futuras ocasiones para conseguir "llamar la atención".
· Premiar la amabilidad
Cuando la persona actúe de forma beneficiosa para todos (tranquilamente, pidiendo o preguntando algo amablemente o colaborando) resulta beneficioso elogiarla y recompensarla (escuchando con atención, respondiendo afectivamente, etc.). Es fundamental que todas las personas que conviven con la persona que muestra este tipo de comportamiento se hayan puesto de acuerdo en cómo tratar a la persona.
· Buscar alternativas que impidan la agresividad
Si a la persona que se comporta agresivamente se le proporcionan actividades incompatibles con dicho comportamiento es posible que la persona no se comporte de forma agresiva. Por ejemplo, si la persona empieza a hacer comentarios con tono agresivo, se le puede decir algo como: "me voy a sentar a tu lado para que me cuentes qué ocurre" o, si la forma de agresión es física (pellizcando o dando manotazos), se puede procurar que la persona tenga las manos ocupadas (por ejemplo, si ocurre cuando se está lavando a la persona, por ejemplo, pedirle que sujete con una mano la esponja y con otra un bote de jabón).
Cómo actuar cuando un familiar se muestre agresivo
· Mantener la calma
A la vez que se ponen en práctica algunos de estos consejos, se debe mantener una actitud calmada, empleando un tono de voz relajado, explicando lo que se está haciendo paso a paso, etc.
· Distraer a la persona
Distraer la atención de la persona con alguna actividad o comentario. Hablar de manera tranquila, con frases sencillas, como si no hubiera ocurrido nada. El objetivo es conseguir que se olvide del enfado distrayéndola con otra actividad.
· Preguntar
Sugerir a la persona que, en lugar de comportarse de forma agresiva, comente lo que le ocurre o le preocupa. Preguntar cuál es el problema, ofrecer ayuda para solucionarlo o, por lo menos, escuchar. De todas formas, si la persona no quiere hablar, respetar su opción.
· Evitar riesgos
Eliminar objetos peligrosos de la vista que puedan causar daño a alguna otra persona presente o a la propia persona.
· Controlar la situación
Asegurarle a la persona que no se le va a hacer ningún daño. Si la violencia persiste, agarrar suavemente por los brazos a la persona. No es necesario ningún otro contacto físico.
· Informar de lo que se va a hacer
Explicar en todo momento lo que se va a hacer, paso a paso. Por ejemplo, si se tiene que salir de casa, explicar a dónde se va, por qué se va, cuánto se va a tardar, etc.
Nunca se debe:
· Reaccionar impulsivamente
No se debe tomar la agresividad como algo personal. Las personas se comportan con agresividad como consecuencia de los sentimientos de frustración que tienen, dada su situación de dependencia y, en ocasiones, de deterioro cognitivo, que les hace sentirse solas e incapaces.
· Enfrentarse
No enfrentarse con las personas. No pedir explicaciones en el momento en el que la persona está nerviosa, especialmente si la persona presenta deterioro cognitivo.
· Gritar
No levantar la voz. Actuar así contribuye a aumentar el enfado.
· Tocar a la persona de manera inesperada
No iniciar movimientos bruscos para tocar a la persona. No acercarse a ella rápidamente, ni tampoco por detrás. Estas acciones pueden ser mal interpretadas.
· Ser alarmista
No aumentar los sentimientos de amenaza o de alarma, ni pensar que sólo le ocurre a usted. Pensamientos como "¡Dios mío, por qué me pasará esto a mí!, ¡un día va a ocurrir una tragedia!, etc., sólo contribuyen a agrandar el problema produciéndole un mayor malestar.
· Alertar a otras personas
No llamar a muchas personas en busca de ayuda. Si se tiene que pedir ayuda en una situación determinada, es preferible dirigirse a una única persona.
· Provocar
No responder al comportamiento agresivo con "amenazas". "bromas", "tomaduras de pelo", etc.
· Sujetar a la persona
No utilizar restricciones físicas que hagan que la persona se sienta sin posibilidad de escapar.

lunes, 5 de diciembre de 2011

LA DEMENCIA SENIL: UN DUELO FAMILIAR.


José M.Uncal Jiménez de Cisneros
Médico Psiquiatra Centro Allumar

Estos y otros comentarios similares surgen con demasiada frecuencia en el seno de
muchas familias que, sin esperarlo ni por supuesto merecerlo, se ven obligados a sufrir el tremendo impacto que supone el diagnóstico de demencia senil o presenil en la persona de un ser querido.Sea por el Alzheimer o por cualquier otro mal que deteriore sus funciones mentales, la persona en cuestión deja de ser la misma. Su personalidad cambia, su humor se altera, su memoria se pierde, su capacidad de razonamiento se distorsiona y, evidentemente, resulta un caos en el sistema familiar hasta entonces más o menos estabilizado.
Una serie de emociones y sentimientos se revoluciona en todos los elementos de la familia, lo que antes era cariño se empieza a transformar en rencor y tensión estresante. Lo que antes era comprensión, diálogo y comunicación se convierte en
discusión, intolerancia e irritabilidad. Lo que antes era paz y tranquilidad, ahora es amargura, infelicidad y desesperanza.
Porque la vivencia de la familia allegada y los seres queridos de un paciente diagnosticado de demencia senil es bastante terrible; sobre todo, al principio de la enfermedad.
Es un proceso muy similar a la reacción de duelo; ese conjunto de reacciones anímicas y emocionales que acompañan al ser humano cuando ha de enfrentarse a la muerte y pérdida de un ser querido. Porque cuando la demencia causa estragos en el afectado es una especie de muerte en vida.
Sí, esté ahí y está vivo; pero no es él. «El que era mi padre, mi esposa o mi hermano ya no esta ahí; es su cuerpo vivo, es su imagen, pero no es su persona». Ya que ha habido una variación tan radical en su forma de ser y actuar que resulta un extraño en el habitual intercambio afectivo. Generalmente no alcanzamos a entender
lo que es realmente esta reacción de duelo hasta que lo experimentamos en propia carne.
De repente, y sin estar preparados, sufri mos un golpe terrible en nuestro alma:
el diagnóstico clínico de algo irreversible.
Y a continuación, durante una larga temporada, sentimos una serie de emociones que nos asustan, sorprenden a veces e, indudablemente nos hacen sufrir mucho. Y este dolor supone un trauma psicológico lo suficientemente importante como para cambiarnos la vida.
Las emociones y los sentimientos son la expresión que originamos como respuesta al impacto que nos producen las circunstancias que ocurren en nuestra vida. Y este impacto/expresión es personal,
único e irrepetible; cada persona es un mundo y vivencia sus sentimientos de una forma peculiar e individual.
Es un error pensar que no pasa nada, que todo tiene que ser como antes; porque no es cierto. El auténtico duelo produce cambios, a veces trascendentales en nuestra vida. Cambios externos, porque la persona demenciada ya no está con nosotros como antes; pero también muy importantes cambios internos, fruto del sufrimiento
y la reflexión consecuente.
La experiencia catastrófica de pérdida genera unos sentimientos dolorosos que perturban nuestra paz y tienden a anular cualquier otro sentimiento positivo. Y esto que sentimos es algo normal. Es lógico (y no patológico) que suframos cuando perdemos a un ser querido. Ni tiene nada que ver con la depresión; al menos con la depresiún como trastorno psiquiátrico. Es cierto que el que atraviesa un duelo
está triste y llora; pero no es una depresión lo que padece, es una etapa de duelo. Hay una serie de reacciones sentimentales
mas o menos comunes a todas las personas que atraviesan un duelo. Y cuando éste no se complica y sigue un curso natural se desarrolla en sucesivas fases o etapas. Puede durar más o menos cada una; y a veces se superponen, pero suelen llevar esta secuencia:
1. Estupor
Aturdimiento e imposibilidad de aceptar la realidad de lo que está ocurriendo. Es un estado de shock psíquico que embota la mente, que la enturbia, anulando la conciencia de la realidad. La desgracia se vive como un sueño, una mala pesadilla de la que antes o después despertaremos.
2. Anhelo Pensamientos obsesivos, búsqueda incesante de soluciones, sentimiento de poderosa angustia y ansiedad... Empezamos a
darnos cuenta de una realidad y no lo soportarnos.
3. Negación «No es verdad, no puede ser, a mí no me puede pasar esto...». Como un resorte aparecen los mecanismos inconscientes
de defensa ante la angustia.
4. Rabia Ira que se desarrolla a medida que se toma conciencia de la realidad. Por la frustración y la impotencia que la enfermedad del ser querido nos produce: ¿Por qué a mí? ¿Por qué todos siguen bien, siguen su vida y yo no puedo?». Rabia y hostilidad hacia quienes tratan de consolar, hacia los implicados (médicos, etc.), hacia el propio familiar con demencia, hacia sí mismo (autorreproches) acompañada
de profundos sentimientos de culpa.
5. Desesperanza Rendimiento ante la búsqueda inútil de una curación milagrosa. Conciencia ya clara de la realidad. Tristeza (no depresión),
sensación de soledad, de desorganización, de desesperanza... «No tiene remedio».
6. Negociación Recapacitación , búsqueda de equilibrio, pequeños cambios y proyectos, intentos para seguir adelante a pesar de la
carga que supone el proceso demencial.
7. Aceptación Especie de tristeza serena, pero ya sin angustia. Capacidad para recordar con cariño lo que era aquel familiar antes de demenciarse, pero va sin derrumbarse, sin sufrimiento.
8. Reorganización Se retoma la vida y surgen nuevas propuestas.
Reanudación de la actividad, establecimiento de nuevas habilidades y roles que llevan a la adaptación de la vida cotidiana a la nueva situación. El pasado no se olvida; queda en la memoria como
un buen recuero, pero ya sin efecto traumático.
Todas estas etapas suelen darse cuando el duelo lleva un curso adecuado. A veces duran más, a veces menos, a veces se solapan o alteran un poco cl orden natural, dependiendo de la persona y la coherencia familiar preexistente. Y sobre todo, es algo natural y normal. Todas estas reacciones, por muy intensas que sean, son
normales; no patológicas.
Y lo más importante de todo: cuando tiene lugar una desgracia de este tipo en un ser querido hay que pasar por ellas. Para que el duelo se supere y esté bien elaborado hay que sufrirlas. Alguien comparó el duelo a un túnel por el cual hay que atravesar una zona de oscuridad para poder alcanzar la luz. Los que se detienen o vuelven atrás sólo prolongan las tinieblas. Pena, negación, rabia, culpa... son emociones normales en el proceso del duelo. Y hay que dejar que se expresen y liberen en su justa medida. Sin tragárselas, sin represión.
Que salgan al exterior. Son como una mala digestión que es preciso vomitar para quedarse a gusto.
Si no se pudren y enquistan en nuestro interior provocando «malos rollos» psicológicos que antes o después van a distorsionar nuestra existencia. Podemos sentir pena. ¿Lloramos por el afectado o por nosotros mismos al sentirnos desvalidos y abandonados? «¿Qué será ahora de él, que será de mi? Nos viene el temor a que nos pase lo mismo, a la propia demenciación . Nos angustia el futuro «no estoy preparado para esto y acabara conmigo. Podemos sentir culpa. Por creer no estar haciendo lo suficiente o lo correcto, por creer que no se siente el cariño que debería sentir, por sentir a veces odio y malos deseos hacia el familiar con demencia...
Todo es normal y no debemos avergonzarnos. Al contrario: la forma de superar todo eso es la expresión clara y llana de todos esos sentimientos. La expresión sentimental descubre muchas cosas de uno mismo, purga nuestro interior y ayuda a conocernos mejor. Descubre nuestras debilidades, nuestras fortalezas y nuestros límites.
Si todo este conocimiento se aprovecha, nos puede incitar al cambio, dándonos cuenta de que sólo el presente, y no el pasado, se puede cambiar. Y que el futuro dependerá de los cambios que hagamos en este presente para adaptarnos. No queda más remedio que aceptar la realidad de la pérdida: Separar, lo más claramente posible «su demencia de mi cor-dura. Encajar que el demenciado es quien más ha perdido: la capacidad para razonar, cosa que el cuidador, el familiar aún posee. Para elaborar y asimilar todo esto, muchas veces es precisa la ayuda y el asesoramiento psicológico para no derrumbarse y quedarse a medio camino. Por ello, tan esencial como los cuidados que debe recibir el enfermo de demencia lo son los apoyos que pueda agenciarse quien ha de llevar la carga cotidiana de su cuidado.